Miguel Gracia Fandos, samperino que ejerce y miembro del Centro de Estudios del Bajo Martín, ha tenido a bien pasarnos este interesante y extenso artículo sobre los cambios sociales de las últimas décadas, vistos estos desde una perspectiva personal, litearia y vital del que vive y quiere que su pueblo y su tierra se desarrolle.
Su participación en el Observatorio.... todo un lujo
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La Peste, la Guerra, el Hambre y la Muerte, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. “Los cuatro jinetes enemigos de los hombres emprendían una carrera loca, aplastante, sobre la cabeza de la humanidad aterrada”
[1] que, en su delirio, se le aparecen al viejo y opulento Madariaga al ver el aciago porvenir que, pese a su ejemplo y a la inmensa fortuna que van a heredar, esperaba a sus nietos. Este nieto no necesitó de ningún delirio para comprender a aquellos viejos achacosos que, más o menos, llevaban en sus huesos los años hasta entonces transcurridos del siglo XX (curiosamente a ellos nunca les he oído la palabra “siglo”, decían haber nacido en la otra “centuria”, para referirse a los últimos años del siglo XIX) eran precisamente los que en tantas ocasiones habían sobrevivido entre estos “cuatro azotes de la tierra”. Quién esto escribe se sorprendió entonces y continúa hoy sorprendido de lo cerca que, en el tiempo, ha podido conocer en sus mayores la experiencia de calamidades que a primera vista me parecían exclusivas de un remoto Tercer Mundo, y de las que sólo podíamos tener noticias a través de los medios de comunicación.
La Peste. Allí estaba la abuela, M.F.G., que junto con sus hijos había atendido al difunto en su agonía, y ahora, con inesperada vitalidad, lo velaba, rezaba, atendía a las visitas y se preocupaba de que todo se hiciese como es debido; pero contaba que siendo niña, en 1918 huérfana de padre, la gripe entró en su casa: primero murió su madre, días más tarde su único hermano, ella misma se encontró sola y también enferma. Unos tíos abuelos la acogieron, tan convencidos estaban de que muy pronto también moriría que tuvo el ataúd preparado debajo de la cama. Sobrevivió, pero ¿quién podría explicar a los de su generación lo que es y supone la peste.
¿Y la Guerra?. Escuchando a los viejos y repasando los libros de historia, uno toma conciencia de pertenecer a la primera generación que, al menos en los últimos 200 años no ha conocido la guerra. Nuestros mayores han conocido guerras que se desarrollaban lejos, como las guerras coloniales de Cuba y El Rif, que eran temibles porque había que abastecerlas con sangre próxima: los quintos, y con dinero que para mejores cosas hacía mucha falta. Pero si malo es ir, o que lleven a uno a la guerra, peor es que la guerra se meta en la casa y en la vida de cualquiera como les ocurrió a aquella generación en 1936. Cuando la guerra llega a uno, la guerra no es solamente la violencia y la sangre del combate entre dos ejércitos enfrentados, la guerra es sobretodo las incertidumbres y los miedos que provoca mientras se definen los frentes... y cuando el frente cambia y el poder cambia de manos. Hasta tres veces cambió el poder de manos en Samper de Calanda durante la Guerra Civil. ¿Cómo serían esas incertidumbres y esos miedos que los entonces jóvenes estaban más tranquilos alistados en cualquier ejército que en la falsa paz de un pueblo señalado por la guerra? El propio abuelo contaba cómo en Agosto de 1936 unos milicianos lo llevaron preso a Alcañiz, donde días más tarde fue juzgado por un Tribunal Popular de los que se formaron en las zonas “liberadas”de los fascistas por las milicias antifascistas. Tuvo suerte de llegar vivo, y tuvo suerte de salir absuelto de aquella macabra lotería en la que “sólo” condenaron a muerte a la mitad de los que juzgaron. Un mes más tarde y con menos trámites, en una sola noche fueron fusilados 23 hombres en el pueblo..., ¿y las mujeres en la guerra?... Año y medio más tarde el pueblo volvió a ser “liberado”, esta vez de “los rojos” por los que se llamaban “nacionales”...Los que no hemos conocido la guerra nos haremos una idea más clara de lo que supone si escuchamos a los viejos que siguiendo las noticias y viendo las imágenes que quieren mostrarnos los telediarios.
El hambre. La comida nunca ha sido tan abundante fácil de obtener como ahora. Hasta el siglo XX, una racha de varios años secos consecutivos suponían épocas de escasez y hambrunas, pero cuando aquellos viejos nacieron el ferrocarril ya era una realidad. Y los pantanos, que habían de asegurar el riego de las cosechas durante los veranos, dejaban de ser la quimera de muchas generaciones y se habían hecho realidad en los ríos Martín, Guadalope y Matarraña. Con estas premisas, en el siglo XX no se tendría que haber conocido el hambre en estas tierras si, con las causas naturales no hubiese colaborado la capacidad destructora del hombre: A la guerra, larga, dura y cruel, sucedió una posguerra que hay quien dice que fue peor, seguramente porque a algunos por faltarles, les faltaba hasta la esperanza en un futuro mejor. Muchos hombres, jóvenes principalmente, muertos en el frente, otros en las retaguardias. Muchos exiliados, otros presos y otros alistados en el ejército en una mili que parecía no tener fin, formaban parte de un desolador panorama en el que la labranza no podía atenderse debidamente, con caballerías escasas y envejecidas. La guerra también dejó los pantanos vacíos, al dedicarse en 1938 la cantidad considerable de agua que embalsaban (que en tiempo de paz y bien administrada hubiera podido salvar varias temporadas de riego) a provocar riadas rabiosas para mejor atender las “necesidades” de la guerra. Cuentan además que aquellos años fueron muy secos, trayendo todo ello unos tiempos de escasez, de hambre y racionamiento de todo lo necesario para sobrevivir, lo que provocó en aquellos tiempos un floreciente mercado negro, conocido como el “estraperlo”
[2] que permitió a algunos adictos al régimen de Franco (a los no adictos no se les hubiera consentido) amasar grandes fortunas con el hambre y las necesidades del pueblo, y que también permitió a Franco asegurarse la lealtad de todo estraperlista a gran escala. Pese a todo, los viejos con los que hablo suelen coincidir al afirmar que “nosotros hambre, hambre no llegamos a pasar”, pero eso no quiere decir que comiesen bien como entendemos hoy, sino que siendo labradores y cultivando la tierra, no faltaba algo con lo que si no saciar, si despistar el hambre, y tenían además las referencias de gente que sobre todo en las ciudades lo estaba pasando mucho peor.
La Muerte. “Ha muerto con muchos años y en su cama” seguían diciendo algunos viejos, y consciente de estos antecedentes ya no me parecía una frase prefabricada y hueca, sino la expresión ajustada y oportuna que permite a los inexpertos identificar a quién sabe mucho más de cualquier tema. ¿Cuánta gente más de aquella generación podría haber allí, o por lo menos podría haber conocido si a todos se les hubiera permitido morir “con muchos años y en su cama”?. Ya tenía más claro el por qué días antes el abuelo, entendiendo que el proceso de su enfermedad era irreversible, había rechazado la propuesta de ser hospitalizado que hizo el médico que le atendía, y que hubiera podido prolongar un tiempo su agonía, más que su vida. Sin duda prefería a los trajines de traslados y hospitalización esperar la muerte en su cama, con los suyos, y como manda la Iglesia Católica, que por haber sido siempre la suya en vida, a la hora de su muerte, ni era un trámite superfluo, ni degeneraba en beatería. Se me ocurrió pensar que a Franco, que fue quién fue a costa de no dejar vivir a muchos españoles , a la hora de su muerte, sus incondicionales y algunos que medraron a su lado no le dejaban morir. Paradojas de la vida, pensé entonces ya que no podía parecerme justicia suficiente, y cuando escribo esto, se ha encontrado uno tantas paradojas que ya dudo de que la vida en si no sea una paradoja. Estaba pensando que a Franco no lo dejaban morir cuando notamos que R.C. una persona mayor, lentamente y con mucho esfuerzo subía las escaleras, a una indicación de mi madre me ofrecí para ayudarle, él rechazó mi ayuda, y pude darme cuenta de que si esfuerzo le costaba subir las escaleras, más esfuerzo le costaba contener o por lo menos disimular el llanto. Se había enterado de la muerte de José y no quiso esperar a que nadie pudiera llevarlo, abrigado lo mejor posible con las ropas que ellos llevaban para guardarse del frío de aquella mañana de invierno (fue de los últimos que he visto vestir con banda), apoyado en dos gayatas
[3] y administrando sus escasas fuerzas había cruzado todo el pueblo para despedir a su amigo que según dijo con emoción ya incontenible, también había sido como un padre para él. Mi madre me explicó que habían sido muy amigos desde que en su juventud y en tierras lejanas se habían encontrado en la mili. ¡¿Que mili tan diferente tuvo que ser la que vivieron aquellos viejos de la que yo había terminado recientemente?! ¡¿Cuántos cambios en la mili y en las condiciones de vida en general?! Escuchando con atención las palabras de aquellos viejos y sacando las conclusiones lógicas, no podía menos que por una parte admirarles por las heridas vitales que habían tenido que soportar y cicatrizar, y por otra sentir cierto alivio por los muchos cambios que en siglo XX, en sólo dos generaciones se habían producido, que hacían que las condiciones de vida de mi generación fuesen tan diferentes a la de nuestros abuelos.
Tantos eran los cambios que han podido verse en el siglo XX que el abuelo comentaba en vida que las condiciones de trabajo que él había visto en su niñez al finales de la “otra centuria” (refiriéndose al siglo XIX) se parecían más a las se cuentan en la Biblia de hace miles de años que a las que se podían ver 8 décadas más tarde, si se observa un poco se podrá ver que no se trata de una exageración:
-La electricidad que llegó al pueblo en la adolescencia de aquellos viejos, fue un espectacular y sorprendente avance que permitía un alumbrado muy cómodo y eficaz, fue también la antesala de otros avances como el teléfono, la radio, la televisión, todos los electrodomésticos, y a final del siglo XX, del desarrollo informático y de las telecomunicaciones que hace que hoy nos parezcan prehistóricos los avances que hace décadas fueron muy espectaculares.
-La mecanización agraria que sustituyó la “tracción de sangre”, la fuerza de las caballerías, por incansables tractores con toda clase de aperos, cosechadoras y una gran cantidad de máquinas que hacían más fácil y productivo el trabajo del campo. El desarrollo de la automoción modificó el significado de las distancias, hoy nos cuesta menos tiempo y dificultades desplazarnos a cien o más kilómetros de lo que hasta entonces costaba llegar a algunas partidas dentro del término municipal.
-El agua, que para beber que no podía faltar en una casa, y para lavar que tantos trabajos ha costado a nuestros mayores, sobre todo a las mujeres acarreando vajillas y ropas hasta donde hubiese agua para lavarlas. Desde hace décadas en cualquier casa el agua se obtiene abundante, (escandalosamente abundante para cualquiera que entienda lo que eso vale) y además fría o caliente, sin más trabajo del que supone abrir un grifo.
-Las vacunas y otros avances médicos, además de mejoras en la alimentación y en la higiene han permitido erradicar, o al menos controlar muchas enfermedades que hace décadas podían ser mortales. El hambre ha desaparecido en nuestro entorno, y hoy los problemas para la salud no se ven agravados por la desnutrición, sino que en muchas ocasiones la sobrealimentación es el causante del problema. En la segunda mitad del siglo XX, La Seguridad Social extiende a cada vez mayor porcentaje de población la asistencia sanitaria, (y gastos de farmacia que habían sido el terror en una economía de subsistencia) en caso de enfermedad, y las pensiones que aseguraban unos ingresos a los viejos que ya no tenían que depender económicamente de la asistencia de los hijos, si los tenían, o ir vendiendo su patrimonio, también si lo tenían. Esta red de protección social que se ha dado en llamar “estado de bienestar”, es también un logro muy reciente. Para resumir los avances técnicos y sociales que han podido verse en el siglo XX no se me ocurre mejor manera que repetir lo que hace poco escuché a un hombre lúcido en no sé qué pueblo: “Toda vida segando a falz
[4], y me han operado de cataratas con rayo láser”.
Además de avances técnicos, también ha habido muchos avances sociales que mejoran nuestras condiciones de vida: la libertad de expresión, de reunión, de imprenta, de movimiento incluso. La libertad en general nunca ha sido tan grande como cuando escribo esto, hasta el último cuarto de siglo XX, un grupo de gente reunidos en cualquier lugar podían ser procesados por reunión ilegal, y las mujeres necesitaban el permiso del marido para disponer de su propio patrimonio u obtener el pasaporte.
La guerra, quizás por primera vez en la historia hoy no sentimos que la amenaza de la guerra pueda condicionar directamente nuestras vidas, tanto es así que el servicio de armas, la mili, que hasta hace muy poco, y aún en tiempo de paz era un trámite necesario para validar socialmente como hombre a todo joven que tuviese que cumplirla, ha desaparecido. Habrá conflictos, pero hoy cuando una mujer pare un hijo, entre las incertidumbres que necesariamente tiene que deparar el futuro no aparece ese oscuro nubarrón que hasta hace poco, muy poco, no desaparecía aunque no quisieran mirarlo: Este hijo... ¿será para la guerra?
Otro cambio muy importante permitido por los avances tecnológicos habidos en el siglo XX, la radio y televisión principalmente, ha sido el de la formación, y la información de las personas. Hasta el siglo XX, la mayor parte de los conocimientos que podían ser útiles en la vida de los individuos pasaban en muchos casos de padres a hijos en procesos de aprendizaje en los que la transmisión oral de conocimientos y la imitación a las personas mayores lo era casi todo, junto con la adquisición de habilidades propias de cada oficio. Hasta la segunda mitad del siglo XX, a la escuela sólo se iba en una gran mayoría de casos hasta los 10 años, a esa edad ya se podía ser útil en los trabajos del campo, o en muchos casos cuidando un pequeño hato de ganado, con el que ganarse “un pan reñido” como dijo el poeta Miguel Hernández en EL NIÑO YUNTERO que describe tan crudamente la infancia dedicada al trabajo impropio de la edad que en tantas ocasiones fue la de nuestros mayores y que hoy es escandalosamente frecuente en el Tercer Mundo. Los libros y la letra impresa estaban al alcance de muy poca gente, y la información sobre lo que acontecía en un entorno más o menos próximo se transmitía muy lentamente, y si se trataba de algo que traspasase un ámbito comarcal, la información llegaba muy reposada y aclarada, si se permite el símil con el agua turbia.
Cuando escribo esto, entrado ya el siglo XXI, y entrado yo en los 40, tengo que hacer una pausa para expresar el inmenso alivio que siento por los cambios habidos entre las condiciones de vida de nuestros abuelos, las que tenemos actualmente, y las mejores que deseamos y esperamos para quienes nos siguen.
Inducido por las mejoras en las condiciones de vida y por la extensión masiva de los medios de comunicación se ha desarrollado un fenómeno que en una economía de subsistencia estaba al alcance de muy pocas entidades: la propaganda, que hoy más propiamente se llama publicidad (Propaganda es lo que hace la Iglesia para “propagar” la Fe). La publicidad es, en principio un magnífico síntoma, puesto que denota una sociedad en la que existe abundancia y posibilidades reales de elección, esto es cierta libertad y poder adquisitivo, además de redes de medios de comunicación que permite llevar la información (y la publicidad) a todas la personas de una forma prácticamente instantánea, lo que actualmente no puede decirse de todas la sociedades, y en la nuestra, sólo desde hace 2 ó 3 décadas. Que sea un buen síntoma no quiere decir que sus efectos sean necesariamente buenos, hasta de lo mejor la dosis debe ser proporcionada. A diferencia de los que nacieron en la primera mitad del siglo XX, que en la mayoría de casos bastante tenían con subsistir razonablemente, los nacidos en las últimas décadas del mismo siglo, que tienen las necesidades básicas cubiertas mejor que nunca en la historia, están sometidos a una inmisericorde presión publicitaria, iba a decir desde antes de su nacimiento, lo que contribuye a crear necesidades artificiales que podrían ser perfectamente prescindibles, pero que si no se consiguen pueden producir una cierta forma de marginación social además de frustración, salvo que se tengan las ideas claras, y cuando se consiguen hay muchas posibilidades de que se hayan quedado obsoletas, con lo que hay que empezar de nuevo, y el que quiera un ejemplo que mire las colecciones de cromos u otras mandangas que, muy anunciadas por televisión, venden a los críos y a los no tan críos.
Otro cambio que también se produjo en el siglo XX, posiblemente el más importante porque sus consecuencias aunque ya pueden adivinarse todavía no se manifiestan plenamente, y sin el que no podría entenderse la sociedad actual, ha sido el control efectivo de la natalidad. En el pasado era normal que hubiese más de dos hijos por pareja, hoy no llega a dos, y lógicamente cada vez hay menos niños y más personas mayores. Si en el pasado era normal que los padres sacasen con alguna dificultad, en cualquier caso como mejor podían, a varios hijos adelante (que habían de ser el sustento de su vejez), hoy lo normal es que los niños tengan pocos hermanos, pero muchos mayores, tíos y abuelos además de padres, deseosos de volcar su afecto sobre esos pocos niños, demasiadas veces en forma de regalos perfectamente prescindibles pero que los mayores quieren regalar, bien porque ellos no pudieron tenerlos de pequeños, o simplemente porque no se les ocurre mejor manera de demostrar su afecto, en una sociedad consumista en la que cada vez hay más ocasiones (antes era sólo para lo Reyes Magos, después se ha añadido Papa Noel, los cumpleaños, algún viaje, y si no se presenta la ocasión, cualquier pretexto es bueno) en las que muchos mayores se crean (nos creamos) el problema de ¿qué regalamos a ese niño que ya tiene tantas cosas?, con gran riesgo por nuestra parte de educarles en hábitos perfectamente consumistas. Por otra parte está la publicidad recordándole al niño las muchas cosas que no tiene, lo que puede ser un motivo de frustración. ¡Qué diferencia con la infancia que tuvieron sus abuelos, a los que en el mejor de los casos los “Reyes Magos” podían dejarles, según me cuentan, algo de ropa para los domingos y un trozo de turrón y... juguetes no, los juguetes normalmente se los tenían que hacer ellos, después de todo con palos no es difícil hacer espadas; con trapos atados, pelotas; para saltar a la cuerda sólo hace falta eso, una cuerda y alguien que le dé vueltas, (y no faltaban canciones que diesen ambiente y ritmo a juegos tan asequibles), las tabas eran unos huesos de cordero, y para jugar a marro o a churro, bastaba con un grupo de chicos y unas normas más o menos aceptadas por todos. También ocurría que los niños entonces tenían que madurar muy rápido, y entorno a los 10 años la mayoría tenía que colaborar con las faenas del campo o cuidar un pequeño hato de ganado para ganarse el pan, lo que dejaba muy poco tiempo para juegos.
No se puede olvidar que a finales del siglo XX se produjo también un hecho muy importante que por razones obvias no pudieron ver muchos de los que vivieron con toda su intensidad la primera mitad del siglo, y que aunque ocurrió lejos, y en aquel momento no cambió nuestra sociedad, sí marcó una importante deriva para la sociedad del futuro: la caída del Muro de Berlín y el abandono del sistema Comunista, el modelo de sociedad igualitaria y de economía planificada definido un siglo antes por Marx y Engels, que se impuso en la Unión Soviética tras la Revolución de Octubre de 1917, y al final de la II Guerra Mundial en los países que quedaron bajo su zona de influencia. Tanta revolución, tanta ideología, tanto esfuerzo y tanta sangre derramada en el siglo XX para instaurar o para combatir el Comunismo y en poco tiempo esos regímenes cayeron (en algún país se mantiene el régimen Comunista, esencialmente por inercia histórica), quedando los EEUU como única superpotencia a nivel mundial y desapareciendo la alternativa que podía oponerse al modelo de sociedad basado en la economía de mercado y en la libertad individual, llegando una época en la que disminuyen considerablemente las diferencias entre las opciones democráticas, fenómeno que acertadamente se ha dado en llamar “pensamiento único”.
Es curioso que sea precisamente en la Declaración de Independencia de los EEUU en 1776, cuando unos colonos británicos deciden romper los lazos que les obligan con la Metrópoli y escribir su propia historia donde se viene a decir entre otras lindezas que: “todos los hombres nacen libres e iguales y con derecho a buscar la felicidad”. La historia que llevan escrita desde entonces deja bien claro que sí, pero que algunos nacen más libres y más iguales que otros, lo tendría que escandalizar a cualquiera que no se hubiera acostumbrado a encontrar contradicciones en toda obra humana, y que mantuviera cierta capacidad de escandalizarse, pero a quien esto escribe ya sólo le sorprende que cuando constituyen la que hoy es única superpotencia no aludan a la prosperidad, ni al dinero, ni al bienestar, ni al poder y refieran el objetivo último del hombre algo tan etéreo como la felicidad, y lo escriban así, con todas la letras.
Desde el alivio por las mejores condiciones de vida que tenemos hoy, y sintiéndome observador afortunado por haber podido conocer en mi niñez, adolescencia casi, cómo era el trabajo en el campo con caballerías, o cómo era una casa sin agua corriente, ni televisión, y por estar escribiendo esto con un ordenador que entre otras cosas, me permite asomarme a eso que llaman “internet”, la pregunta ya me resulta inevitable: Con todas estas mejoras en las condiciones de vida ¿la gente es más feliz que antes? O para ser mas exactos: ¿La generación que me sigue es más feliz que la de mis abuelos?. La respuesta que tengo para esa pregunta es así de clara: NO, no es más feliz. Tampoco me atrevería a decir, ni mucho menos que sean más infelices. Muchos estaremos de acuerdo si nos conformamos con afirmar que hoy se vive mucho mejor que antes, lo cual está muy bien, pero de ninguna manera lo es todo para alcanzar la felicidad (mejor aproximarnos a la felicidad, dadas las limitaciones de la condición humana). Sospecho que para conseguir mayores aproximaciones a la felicidad, además de tener las necesidades básicas atendidas (comida, vestido, un techo y poco más), será necesario cierto equilibrio entre los posible y lo deseable, y no estará demás cierta armonía con el entorno, y sobre todo con uno mismo. Si para aproximarnos a la felicidad consideramos solamente las mejores condiciones de vida en su aspecto material, el resultado puede resultar siniestramente paradójico, hay un ejemplo descarado:
Se entiende que para el hambriento, una comida abundante (el hambre hará que sea buenísima), supondrá una aproximación clara a la felicidad, de lo que cabría deducir que no habiendo hambre y ni perspectiva de que pueda haberlo se tendría que ser más feliz, pero... ¡Manda huevos! que dijo una celebridad, resulta que desde que hay comida abundante para todos (para ser más exactos donde hay comida para todos) hay que estar delgado-a, y no por motivos de salud, que sería una razón de peso (nunca mejor dicho) sino por motivos estéticos. Así, en tiempos de hambre nuestros mayores decían: “Dame gordura y te daré hermosura” o “no hay mejor espejo que la carne sobre el hueso” y en estos tiempos se dice de la comida tan abundante que “más vale en la basura que en la cintura”. Con los cambios habidos en la sociedad, los caminos que nos permiten aproximarnos a la felicidad no son los mismos hoy que hace 60 ó 100 años, o si se prefiere 2 ó 3 generaciones. Tengo la impresión de que cuanto mejor resueltas están las necesidades básicas, más importancia tiene mantener ciertos equilibrios, más difícil es encontrar la armonía con el entorno, y más difícil resulta ser uno mismo, porque el hambriento sólo necesita comida para aproximarse descaradamente a la felicidad; el enfermo, salud; el preso o cualquiera que tenga libertades restringidas, libertad (otro concepto al que la condición humana sólo puede aproximarse); quien sufre la guerra, la paz. Pero, ¿qué puede ofrecerle esta sociedad con todos sus niveles de bienestar y de libertad a, por ejemplo, una adolescente obcecada que queriendo alcanzar el modelo de belleza que se muestra constantemente en los medios de comunicación, que en estos tiempos de abundancia pasa por una delgadez extrema para cuerpos normales, llega a la anorexia, negándose a comer razonablemente y poniendo en riesgo su salud, e incluso su vida?...
En mi adolescencia leí que las sociedades prósperas, así como se alcanzaba el grado de bienestar suficiente para que la atención de las necesidades básicas no fuese el afán de cada día, se caracterizaban por dedicar más tiempo al ocio, y algo de cierto hay en ello, pero cuando escribo esto creo que lo que de verdad caracteriza a las sociedades en las que se ha alcanzado ese grado de prosperidad son los niveles cada vez más altos de consumo, consumo no sólo para atender con holgura las necesidades básicas, sino para llegar a esas necesidades que estimula o incluso crea la publicidad omnipresente en nuestra sociedad, dando lugar a un “consumismo” en el que ya no se trata de consumir lo necesario para atender las propias necesidades básicas, para disfrutar de un ocio creativo y no alienado. No, el consumismo, con los estímulos constantes de una enorme presión publicitaria, lo que pretende es convertir el propio consumo desaforado en ocio.
Cuando pienso en las generaciones que me anteceden, no puedo dejar de sentir alivio por todos estos cambios que han supuesto tan importantes mejoras en las condiciones de vida, y de reconocimiento de los sufrimientos que han tenido que pasar para llegar a la situación de bienestar actual, pero cuando pienso en la generación que me sigue todavía tengo una sensación ambivalente:
- Cuando empezaba a escribir esto, me parecía que gozando de un bienestar material y de una libertad inimaginable en generaciones anteriores, así como van creciendo deberían ser más conscientes de lo que eso ha costado y de lo que eso vale. Claro que debe de ser difícil valorar algo que por bueno y necesario que sea nunca les ha faltado, y si son logros que han tenido que pagarse muy caros, han sido las generaciones anteriores quienes lo han hecho. Se entiende que el aire que respiramos o el suelo firme que pisamos no nos paremos a valorarlo, precisamente por tenerlo siempre, pero excepcionalmente, a un buceador en apuros o un escalador en situación límite, deben parecerle lo más valioso que se pueda imaginar.
- Conforme avanzo escribiendo esto me dan ganas de pedirles disculpas por dejarles en una sociedad sin lugar para la ideología, sin esperanza en ningún cambio radical o ninguna revolución pendiente (o por lo menos posible) sin lugar tampoco para la rebeldía, por tener a los jóvenes adormecidos (cuando no sobornados) por el consumismo facilitado por muchos mayores, quizás para no hacer frente a los conflictos que una educación en valores, en la que en alguna ocasión habría que decir “NO” a los jóvenes inevitablemente tendrían que plantearse. Por dejarles ante una libertad más grande, pero también más hueca que nunca, por dejarles frente al ruido y al brillo del consumismo, sin estimar, ni estimular debidamente la búsqueda de valores y situaciones de individualidad y de armonía con el entorno que no pasen por venderles algo, y machacados por la publicidad omnipresente se les pone más difícil mantener otra ilusión que la de adquirir los productos, caducos, que el mercado les ofrece para estar en onda y actualizados.
Nuestros mayores tuvieron que crecer y vivir entre dificultades de todo tipo, pero siendo necesidades básicas las que tenían que atender, tenían la ventaja de ver perfectamente definidos los objetivos. También podían tener una apasionada esperanza en un futuro mejor en el que al progreso técnico se unirían los cambios sociales, progresivos o revolucionarios, que desde el siglo XIX propugnaban ideologías materialistas, como el Anarquismo o el Comunismo que, entre otras cosas pretendían eliminar las clases sociales, consideraban a la Religión como el “opio del pueblo”, y negaban la espiritualidad del hombre. O en la Iglesia Católica que se sentía atacada por el materialismo, y además de atender las necesidades espirituales de los fieles y de procurar la salvación de las almas desarrollaba a través de encíclicas como Rerum Novarum, Populorum Progressio y otras, la Doctrina Social de la Iglesia para combatir las situaciones de explotación y de injusticia social. Desaparecidos los regímenes comunistas, y habiendo quedado el sistema capitalista y su economía de mercado (mejor sociedad de mercado) como única referencia práctica, las diferentes opciones entre partidos políticos democráticos se parecen tanto en el fondo, que en ocasiones hay que recurrir a la forma para diferenciarlas, y claro, la intensidad, la pasión y el entusiasmo con el que hoy se vive la militancia o simpatía a un partido político, no es comparable con la que se sentía hace décadas. Hoy casi todo acto social pasa por el consumo, las propias fiestas y celebraciones religiosas, se ven envueltas en un paroxismo consumista, y si antes la gente podía diferenciarse por la clase social, por su ideología o por su vivencia de la religión, hoy socialmente se diferencian por los niveles de consumo que alcanzan.
El propio estado de bienestar (en relación con las necesidades básicas) que vivimos hoy, y el temor a perderlo hace que seamos, quizás, demasiado previsores (no sé si poner demasiado conservadores), y si tan previsto, y por lo tanto tan previsible resulta todo, podremos evitar alguna situación indeseada, pero las satisfacciones que obtengamos serán también mucho más previsibles, y emocionalmente mucho más planas, pero nadie debe preocuparse por semejante cosa, si en esta sociedad de consumo alguien quiere alguna vivencia apasionada, no tendrá partidos (políticos) que la encaucen, pero le sobrarán partidos (de fútbol) en los que volcar su pasión que ya habrá quién anime y aliente su entusiasmo, y ganará con la pasión que eso que llaman deporte mueve. Paradojas de la vida, en tiempos del franquismo, cuando no existían, ni muchísimo menos las libertades que hoy tenemos, se decía que el fútbol, con sus apasionadas polémicas era utilizado por el régimen para desviar la atención de temas políticos, y hoy, con libertades que entonces sólo podían imaginarse, entre otras se ha conseguido que en demasiadas ocasiones algunos tengamos dificultades para sintonizar alguna emisora de radio en la que no hablen de fútbol. Teniendo siempre previsto lo que podamos necesitar se está consiguiendo que la vida, que siempre ha de tener algo de imprevisto, y por lo tanto de aventura, se esté pareciendo cada vez más a un juego, en el que las opciones están siempre previstas de antemano (lo que se arriesga en el juego es recuperable, lo que se arriesga en la aventura puede no ser recuperable). Pero en esta sociedad consumista, previsible y de sensaciones para bien, y para mal, amortiguadas no faltan consumibles que permiten a los consumidores percibir al menos como sucedáneo, sensaciones que no podrá sentir en su vida previsible, y en muchos casos anodina, así ha inventado eso que llaman “realidad virtual” o sea, realidad irreal, o esos parques temáticos que no pasan de ser enormes atracciones de ferias, que profusamente decoradas y publicitadas, evocan la aventura y los mitos, para permitir a cualquiera que les dedique tiempo y dinero suficiente, sentirse como un Ulises regresando con su nave a Ítaca tras años de sortear las dificultades que le ha puesto Poseidón (Dios del mar en la mitología griega), o un Orellana descubriendo y explorando el Amazonas, aunque en la vida real, se le caiga el mundo encima ante un ascensor estropeado o una tarde calurosa sin aire acondicionado.
Claro que por mucho que se pueda y se quiera confundir el juego con la aventura, lo virtual con lo real, en algún momento no podrá evitar darse de bruces con la vida misma, con sus inevitables riesgos e incertidumbres, porque la enfermedad pese a todos los adelantos, sigue existiendo y evolucionando, manifestándose de diferentes formas antes inexistentes (o por lo menos encubiertas por lo perentorio de atender las necesidades primarias) como las alergias, depresiones, adicción a drogas legales o ilegales (por cierto que estas adicciones han existido siempre, pero curiosamente cuando había menos medios y menos libertades, sencillamente se consideraban vicios) condicionando la calidad de vida de algunos, sin olvidar que la enfermedad sigue existiendo como realidad, en algunos casos inapelable, capaz de acabar con la vida de cualquiera que se vea señalado por la misma.
Y los accidentes. ¡Ay! los accidentes, que siempre han existido, se multiplican en número y en la gravedad de sus consecuencias. Nuevas máquinas han hecho más eficaz y llevadero el trabajo, pero cuando algo falla (y suele ser el hombre que maneja la máquina quién falla), los resultados pueden ser fatales: “Desde que no se oye que una caballería ha lisiado de una coz a alguien, se oye de alguno que se ha matado al volcar con el tractor”, escuché a otro viejo lúcido en otro pueblo. Los automóviles que permiten el desplazamiento rápido, individual o en pequeños grupos, son hoy la causa más importante de accidentes, y de muerte entre los jóvenes, en los que estoy pensando cuando escribo esto. La velocidad de los automóviles, la inexperiencia, la fiesta que se ha hecho nocturna (por poder dormir al día siguiente), el alcohol en algunos casos, el sueño y la fatiga en todos, se combinan en las madrugadas de los fines de semana provocando tal cantidad de accidentes y de víctimas entre los jóvenes que apabullan a cualquiera que sea consciente de tan trágica realidad. Para nuestros mayores pudo ser la guerra el mayor peligro para la vida de los entonces jóvenes, hoy son los accidentes. También ocurre que si a uno le afecta directamente, ya es tarde para entrar en consideraciones, y mientras uno no se ve afectado, las cifras de accidentes y de víctimas, tras una momentánea conmoción, se diluyen entre el incesable aluvión de impulsos informativos y publicitarios, como si no hubiera que dejar ningún respiro para pensar, y pasan a ser eso: estadísticas, frías cifras, cosas que les pasan a los demás.
Hemos llegado a una situación tal, en la que algo tan importante para el funcionamiento de una sociedad libre como es la información, más que recibirse o buscarse, se consume, así se entiende que con toda pluralidad de medios existentes gran cantidad de noticias aparecen y desaparecen simultáneamente de todos ellos, por ejemplo, surge el tema de las “vacas locas”, y los informativos hablan del tema hasta el agobio, pero cuando el mercado se satura, desaparece de los medios de comunicación siguiendo el problema y la posible solución su curso sin que parezca interesarle a la opinión pública, lo mismo con las antenas de telefonía móvil, ataques de perros, mujeres maltratadas o conflictos que desaparecen de los medios de comunicación aunque continúan existiendo como en Ruanda, el Kurdistán o tantos otros, y cuando no hay ninguno que absorba mucha atención, entonces reaparecen el agujero de ozono y el efecto invernadero, que haríamos bien en tomarnos más en serio por si fuera cierto. Esta forma de tratar la información puede ser una forma de publicidad en sí misma, no sé qué mente lúcida dijo eso de que “ lo que no sale en televisión no existe, y lo que sale se deforma”. Si en tiempos la falta de información y la lentitud de la misma suponía un límite para la opinión de las personas, hoy paradójicamente la propia selección de las noticias y la sobreabundancia de información, en algunos casos sesgada, es lo que puede condicionar la opinión de muchos.
En esta sociedad de consumo con los jóvenes sometidos a los impulsos rápidos y continuamente renovados de la presión publicitaria, es normal que se cuide especialmente la imagen que es lo primero, y a veces lo único que se ve, y estaría muy bien que se cuidase la imagen siempre que no se descuidara el contenido, y no se diera a la forma la importancia que debe darse al fondo de cualquier cuestión.
Antes he dejado en puntos suspensivos lo que esta sociedad, con su bienestar, su libertad, su publicidad, sus hábitos de consumo y todos sus condicionantes puede ofrecer a una joven anoréxica, ahora ya me atrevo a proponer madurez y sentido crítico, después de eso al cuerpo ya se le podrá dar toda la importancia que se quiera, pero después, no antes.
Madurez para diferenciar (y valorar adecuadamente) el fondo de la forma, lo anecdótico de lo importante, lo necesario de lo prescindible, o como mejor se diría en unos tiempos y en una sociedad en la que no estaba tan seguro el “pan de cada día”, separar el grano de la paja. Es curioso que la madurez (que algo tiene que ver con la edad, aunque no sea exactamente lo mismo) haya sido un valor social mientras la sociedad tenía que preocuparse por atender las necesidades básicas puesto que las experiencias acumuladas por los más maduros eran muy útiles para superar las dificultades cuando las circunstancias venían, por cualquier motivo, mal dadas. En esta sociedad de consumo donde se da tanto valor a la imagen, a lo superficial, que parece querer evitar las oportunidades de plantear siquiera el fondo de las cosas, la madurez (que aunque no sea lo mismo algo tiene que ver con la edad), no solamente no se aprecia y valora sino que además es algo tuviera que evitarse, o por lo menos esconderse, por el contrario la juventud se presenta como un valor en si mismo, no como un estado, ni siquiera como una actitud. La sociedad de consumo halaga la juventud, les dice que están en la mejor edad posible (¿...?) no sea cosa que se contamine con una madurez que convertiría a los jóvenes en unos consumidores menos dóciles.
Sentido crítico. Con tanta publicidad, tanta información sesgada, tantos impulsos consumistas conviene mantener encendidas todas las alertas para saber si lo que se nos ofrece en esta sociedad de consumo es algo que realmente nos conviene o necesitamos o simplemente tratan de vendernos la moto. En mi juventud había una asignatura que se llamaba Formación del Espíritu Nacional (FEN) que en el tardofranquismo nos enseñaba las maravillas del régimen de Franco, yo hoy propondría la formación del espíritu crítico, pero no (o por lo menos no obligatoriamente) como una asignatura que tuviera que darse en la enseñanza obligatoria, y en esto creo diferenciarme de casi todos los que proponen algo que tenga que ver con la educación, que es otro de los cambios que quedan por constatar. Hasta hace dos generaciones, la mayoría apenas podía asistir a una escuela, con una carencia de medios que hoy difícilmente podemos imaginar, hasta los 10 años, edad en la que ya tenían que empezar a trabajar. La educación, esto es la transmisión de conocimientos y de valores éticos a los hijos, hasta hace poco se hacía esencialmente a través de la transmisión oral y el ejemplo de los mayores, pero en la sociedad actual, consumista, y con un sistema de enseñanza extendido, parece estar produciéndose una dejación de los padres de sus responsabilidades educativas, como si la obligación de los padres fuese simplemente atender a las necesidades de los hijos, las básicas por supuesto, y las que crea esta sociedad de consumo hasta el punto más alto posible. Hoy, con unas escuelas muchísimo mejor dotadas, y unos institutos de educación secundaria, que entonces no podían ni soñarse se ha conseguido que para algunos adolescentes esa enseñanza que tanto ha costado conseguir y tanto cuesta mantener sea un castigo obligatorio hasta los 16 años, y los profesores, en demasiados casos, las primeras barreras que la sociedad pone a unos jóvenes acostumbrados a que todo se les dé hecho, sin costumbre de escuchar el NO por respuesta, sin que los padres, los primeros educadores, les habitúen y estimulen el propio esfuerzo como parte necesaria de la educación, y además, en algunos casos hasta están dispuestos a culpar sistemáticamente a la incompetencia del profesorado del fracaso escolar que se concreta en sus hijos.
Desde luego que los niños y jóvenes pueden alcanzar mayores niveles de consumo si los mayores, padres y abuelos principalmente, se convierten en meros proveedores de los mismos, y ya se encarga la publicidad de utilizar estas figuras como favorecedoras del consumo. Personalmente me resulta muy desagradable la utilización que en publicidad se hace de la figura del abuelo, casi siempre utilizada para favorecer el consumo de los nietos, claro que peor es la que se hace de la figura de abuela-suegra, utilizada hasta la náusea para validar algún producto de limpieza.
Lo ideal sería que todos los colectivos con responsabilidades educativas se complementaran, pero esto no siempre se consigue, y el efecto más pernicioso de este convertir a los mayores en compradores de cosas, a la vez que se produce una dejación de los mayores en las responsabilidades que les corresponden en la educación de los pequeños y jóvenes es la pérdida de esa transmisión oral, de ese ejemplo cotidiano, de esa forma de ser personas, de ese poso en el que enraíza nuestra cultura.
Porque hay cosas que tienen que saberse, y son precisamente los mayores quienes tienen que transmitirlas a los pequeños, y los jóvenes quienes tienen oportunidades que no debieran desperdiciar, de encontrarlas y valorarlas en los ya maduros, para evitar un clamoroso empobrecimiento cultural, para poder saber cuáles son nuestras raíces, que entre otras cosas permitirán a cualquiera tener bien claras sus referencias cuando las cosas vengan mal dadas.
La enseñanza, elemental o superior, podrá instruir con más o menos detalles sobre los cambios habidos en una época, o sobre una guerra y los muertos que provocó, o sobre el fenómeno de la emigración... Los medios de comunicación podrán informar sobre los accidentes o cualquier otra realidad, pero el testimonio de esos mayores que vivieron esos hechos que nos cuenta la historia, o que han sido testigos a la vez que protagonistas de todos estos cambios que ha habido en el siglo XX, será muy útil si lo que pretendemos es sacar todo el partido posible de esas experiencias y aprender de ellas para mejorar nuestra calidad de vida, el entorno social y natural en que vivimos, en definitiva aproximarnos más a la felicidad, estoy convencido que haríamos bien en buscar y rescatar en los mayores esa experiencia vital, ese conocimiento de las circunstancias en que vivieron, esas intrahistorias que a poco de empatía (ponernos en su lugar) que podamos sentir nos ayudará a valorar mejor lo que tenemos, y a distinguir mejor también “el valor y el precio”
[5] de lo que pretendemos.
Uno puede observar los datos y las cifras que encuentra en los libros de historia y enterarse de que hubo una guerra que provocó tantos muertos, pero eso lo relaciona con comentarios esporádicos, casi siempre inadvertidos, y hasta hace poco esquivos que ha oído a los mayores, y quien esto escribe, que por las vicisitudes personales y profesionales que le ha tocado vivir, o por la forma de reaccionar ante las circunstancias que le depara la vida, cree llevar una vida medianamente espesa para lo que hoy se lleva, se da cuenta de que lo suyo no pasa de ser banales anécdotas si lo comparamos con las experiencias que tuvieron que vivir, por ejemplo, sus abuelos. A los años que tengo cuando escribo esto, mi abuelo materno ya había sido llevado preso ante un tribunal popular, tuvo suerte de llegar, y de salir con vida. Tengo aproximadamente la edad que tenía mi abuelo paterno cuando tras sobrevivir a una guerra en la que mataron a un hermano, a su padre, a un cuñado (él mismo sabría las amenazas que tuvo que aguantar), muy poco después, los sufrimientos de la guerra allanaron el camino a la enfermedad, quedando viudo y con cinco hijos a los que sacar adelante en aquellos tiempos de hambre. Salieron adelante. ¿Y su hermana? ... A su hermana le entró la guerra en casa, y un día mataron a un hermano, una noche a su marido y a su padre..., viuda ..., tres hijos..., la guerra que no acaba, y la vida que sigue. Tiempo después cuando parecía que aún podía esperarse algo más que sufrimiento en esta vida, la tuberculosis entró en su casa, y murieron los dos hijos mayores, de 18 y 20 años. A esa mujer, tía-abuela mía la conocí en mi niñez con sus muchos años, y la recuerdo siempre sonriente, desde luego que no le habían quitado ni sus convicciones religiosas, ni la esperanza en que generaciones venideras pudieran vivir en paz. Cuando se tienen raíces y esperanza ¡Hay que ver lo que es capaz de aguantar el hombre!
Desde luego podremos quejarnos todo lo que nos dé la gana, pero cualquiera que sea capaz de entender las condiciones en las que se vivía no hace tanto tiempo, tendrá que reconocer que nunca ha habido tiempos mejores
Lo cierto es que pese a todos los cambios habidos en las condiciones de vida de las últimas generaciones, los sentimientos y las emociones, que tanto tienen que decir en nuestra calidad de vida, o si se quiere nuestra aproximación a la felicidad, son los mismos de siempre: el amor, la amistad, el odio, el rencor, la envidia, la lealtad, el temor, la confianza... realmente, no podemos tener ningún sentimiento que no hayan tenido antes nuestros antepasados y seguramente con una intensidad que hoy, con mejores condiciones de vida, afortunada o desgraciadamente no podremos alcanzar que, por ejemplo, la amistad es y será siempre amistad, pero no es lo mismo acrisolarla compartiendo las dificultades en una guerra, que animando a un equipo de fútbol.
Si con las necesidades básicas cubiertas somos capaces de mantener el equilibrio, nuestro y con el entorno, al margen de la presión publicitaria y basándonos en esas raíces de nuestros mayores que, pese a todas la penalidades que han tenido que sufrir, han sabido defender su porción de felicidad y dejarnos unas condiciones de vida mucho mejores que las que ellos tuvieron, nos daremos cuenta de que no sólo para vivir mejor, sino sobre todo para aproximarnos más a la felicidad, podemos perfectamente prescindir de muchísimas cosas en esta sociedad de consumo. He escrito podemos pero quizá deberíamos ser algo más exigentes y decir debemos prescindir de muchos bienes de consumo que, cuando se consiguen resulta que ya están caducos u obsoletos, (que la constante presión publicitaria y las comparaciones, que antes eran odiosas, pero que en la sociedad de consumo son constantes) nos presenta como imprescindibles, incitando a pagar más de lo que valen y cuya posesión requieren continuos esfuerzos económicos que demasiadas veces no afectan sólo al bolsillo sino también al equilibrio emocional.
En esta sociedad actual con más información, libertad, bienestar, o al menos mayor nivel de consumo que nunca, se pueden observar cada vez más siniestras paradojas: ya se ha dicho que desde que hay comida para todos, las normas estéticas de una belleza actualizada exigen estar especialmente delgado o delgada. Con el tiempo está ocurriendo algo parecido: “El tiempo es oro” dice una máxima capitalista, y de acuerdo con ella se realizan astronómicas inversiones en trenes de alta velocidad y otros medios de transporte que reduzcan unos minutos el tiempo que cuesta desplazarse de una ciudad a otra, a la vez que se habla de prejubilaciones o de reducir la jornada laboral. Así las cosas el reto individual quizá sea sacar el “tiempo muerto” necesario, sin los agobios del trabajo ni del ocio consumista y preguntarse: ¿pero alguien sabe dónde vamos tan deprisa? “El tiempo a casa viene” he escuchado a algunos viejos avisando de que las cosas tienen su cadencia y tan poco adecuado es pretender adelantarse a la misma como dejarlo pasar sin hacer lo que se debe. Pero la sociedad de consumo no espera consejos, ni siquiera experiencias de los viejos, que como ya he dicho podría convertir a los jóvenes en consumidores menos dóciles, y con toda su carga publicitaria impulsa a que los mayores faciliten el consumismo de los pequeños para después ignorar a los mayores cuando por sus edad y su estado ya no pueden consumir más que los imprescindible para sobrevivir, promoviendo la separación por edades precisamente cuando más útil podría ser la comunicación entre las diferentes generaciones, que no es lo mismo un abuelo de 65 que de 85 años y sobre todo, no es lo mismo un nieto de 5 que de 20 años.
No puedo terminar sin hacer mención de otro cambio muy importante también se produjo en el siglo XX: la despoblación del mundo rural. En el siglo XX, con todos sus avances tecnológicos, la agricultura y el transporte se hicieron muchísimo más eficaces, con lo que cada vez hacían falta menos agricultores para alimentar a más población aunque estuviese alejada de las zonas donde se producen los alimentos, y se produjo un éxodo de mucha gente que “sobraba” en el sector agrario, que se identificaba con los pueblos, a las ciudades en busca de un trabajo que en los pueblos no podían encontrar, y en definitiva de mejor calidad de vida. El proceso de despoblación del mundo rural ha continuado y continúa aún pese a que hoy puede haber oportunidades en el mundo rural y las condiciones de vida en los pueblos, aunque no haya atascos pueden ser iguales o mejores que en las ciudades y hoy las casas de los pueblos puedan tener todas las comodidades y más espacio que en las ciudades. Toda alternativa tiene cara y su cruz y hasta de lo mejor conviene no exceder la dosis, y este proceso de despoblación del mundo rural que todavía continúa, amenaza con dejar a muchos territorios privados de la forma más elemental de riqueza, que es la población, puede suponer un empobrecimiento social, cultural y económico para la sociedad en general.
Viejos y pueblos. Experiencia vital y emocional por una parte, y por otra ambientes en los que los ciclos, aún los pone la naturaleza, no las vallas publicitarias.
Viejos y pueblos, que podrían ofrecer a esta sociedad que les da la espalda, remedios a sus desequilibrios. Remedios que, si estuvieran en la Luna, irían a buscar algunos.
En cualquier caso, estoy convencido de que conocer mejor las condiciones de vida de nuestros antepasados nos ayudará a valorar mejor lo que tenemos, y asimilar mejor su experiencia vital nos puede ayudar a definir y mantener nuestro rumbo en esta sociedad de consumo, y por qué no, a afianzar una actitud individual y positiva hacia la vida, que, por una parte, ser al menos un poco más felices de lo que fueron nuestros antepasados, será el mejor homenaje que podemos hacerles a los que nos han precedido y han pretendido dejarnos en el mejor mundo posible. Por otra parte, no caer en el consumismo desaforado que, ni muchísimo menos, nos asegura la felicidad, será la mejor manera de no causar daños irreparables al medioambiente y por lo tanto de respetar esta Tierra y a las generaciones venideras que nos la han prestado.
[1] Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, de Vicente Blasco Ibáñez. La película se parece algo a la novela
[2] El nombre procede de Straus y Perlowitz, era una ruleta trucada, mediante sobornos a personajes del entorno de Lerroux intentaron introducirla en España. Fue un escándalo durante la República que dio nombre al mercado negro de la posguerra.
[3] Busco gayata en el diccionario y dice que significa cayada en Argentina. He comprobado que en pueblos de Bajo Aragón también.
[4] Hoz, que en el Bajo Aragón se parece mucho a la catalana falç.
[5] La expresión está tomada del rotundo “Todo necio/ confunde /valor y precio” de Antonio Machado.